A medida que los tratamientos oncológicos logran mayores tasas de curación y prolongados periodos de remisión, la atención médica ha ampliado su enfoque más allá del control del tumor. La prevención y el manejo del daño a órganos, especialmente al corazón, se han convertido en una prioridad clínica.
Así lo explica el Dr. Joerg Herrmann, cardiólogo y fundador de la Clínica de Cardio-Oncología de Mayo Clinic, quien detalla tres aspectos fundamentales que hoy definen la relación entre el cáncer y las enfermedades cardiovasculares.
1. Una “red de factores de riesgo” compartidos
El cáncer y las enfermedades del corazón comparten múltiples factores de riesgo, particularmente relacionados con el estilo de vida.
“El tabaquismo es un ejemplo claro: incrementa el riesgo de cáncer de pulmón y otros tumores, así como de enfermedad coronaria, infarto de miocardio y enfermedad arterial periférica”, señala el especialista.
Mantener un peso saludable, moderar el consumo de alcohol, controlar el colesterol —que puede verse afectado por ciertos tratamientos oncológicos—, dormir adecuadamente y adoptar una dieta rica en frutas y verduras son medidas que reducen simultáneamente el riesgo oncológico y cardiovascular.
La actividad física ocupa un lugar central. Además de disminuir la probabilidad de daño cardíaco durante el tratamiento del cáncer, contribuye a prevenir recaídas y mejora los resultados cardiovasculares. “Cuantos más componentes de un estilo de vida saludable se integren, mayor será el beneficio en términos de supervivencia y calidad de vida”, afirma Herrmann.
2. Una relación bidireccional
La evidencia científica actual demuestra que el vínculo entre cáncer y enfermedad cardiovascular funciona en ambos sentidos.
“El propio cáncer puede afectar al sistema cardiovascular, independientemente del tratamiento. Y, a su vez, los pacientes con insuficiencia cardíaca u otras patologías cardiovasculares presentan mayor riesgo de desarrollar cáncer”, explica el cardiólogo.
Este hallazgo ha impulsado un enfoque más integral del paciente, donde oncólogos y cardiólogos colaboran estrechamente en lo que hoy se conoce como cardio-oncología.
3. Estrategias para reducir el daño cardíaco durante el tratamiento
El tipo de terapia oncológica y la forma en que se administra influyen directamente en el riesgo cardiovascular. Actualmente existen múltiples estrategias para proteger el corazón:
- Uso de terapias dirigidas y radioterapia con haz de protones que minimizan el daño al tejido sano.
- Escalonamiento de ciertos fármacos de quimioterapia para permitir la recuperación cardíaca entre ciclos.
- Administración de medicamentos cardioprotectores.
- Técnicas específicas en radioterapia, como el posicionamiento corporal y la contención de la respiración, para aumentar la distancia entre el tumor y el corazón.
“Los avances en protección cardíaca han sido notables tanto en adultos como en población pediátrica”, subraya Herrmann.
Inteligencia artificial y dispositivos portátiles: el futuro de la vigilancia
La investigación actual se orienta a identificar, antes de iniciar el tratamiento, qué pacientes presentan mayor riesgo de daño cardíaco. Esto permitiría personalizar las decisiones terapéuticas mediante modelos predictivos.
El uso de inteligencia artificial aplicada a electrocardiogramas ya ha mostrado capacidad para detectar deterioro temprano de la función cardíaca. Asimismo, los dispositivos portátiles podrían facilitar una vigilancia continua y costo-efectiva en supervivientes de cáncer que mantienen riesgo cardiovascular a largo plazo.
“La detección precoz y la intervención temprana son determinantes para lograr mejores resultados”, enfatiza el especialista.
La cardio-oncología ha experimentado un progreso significativo en la última década. Hoy, concluye Herrmann, los pacientes cuentan con mayores herramientas para reducir el impacto cardiovascular del tratamiento oncológico y preservar su calidad de vida a largo plazo.







